lunes, 31 de marzo de 2008

Como nació el Capitán Trueno

Aquella mañana, con una excusa cualquiera, pedí permiso a la empresa donde trabajaba -la "Legía Guerrera"- como ayudante de contable. Tomé mis cuatro papeles y fui hacia la Editorial Bruguera que, entonces, tenía su redacción en el Paseo de Gracia. Corría el año 51 y yo acababa de cumplir veinte años. Descubrí por la ciudad un ambiente de violencia -no más o menos amordazada como de costumbre por la victoria de Franco, sino mucho más manifiesta- que para mí, era nuevo. En la Plaza Universidad había visto, dos días antes, grupos de jóvenes destrozando tranvías a golpes de adoquines y barras de hierro. En las Ramblas, había visto un grupo de "grises" -por vez primera baja la cresta de la chulería que les procuraba la total impunidad habitual- rodeados por una masa de gente amenazadora que les abroncaba.
Mi madre era vendedora en el Mercado de la Boquería. Desde los once años, yo estaba en la calle ganándome la vida. Atravesaba la ingrata ciudad de la post-guerra como sin querer mirarla, alzando los ojos de uno u otro libro que me servía de evasión. La buena gente del Mercado, sorprendida con tanta lectura, me llamaba "el abogado de los pobres" y me miraba con un poco de inquietud como la gente que toca de pies en el suelo suele mirar a quienes no sabe muy bien como catalogar. Sin fortuna, por lo tanto sin familia próspera, sin relaciones importantes, hijo de un policía de la Generalitat que había muerto en el exilio a consecuencia de fiebres palídicas y otros males contagiados en el campo de concentración de Bram (Agde). Para mi Franco y compañía eran el Mal Absolut. Pero yo miraba todo lo que pasaba aquel día en la ciudad como un espectador. Muy interesado, eso sí, pero como un espectador. Y no participaba en ello como no fuese muy desde el fondo de mi mismo. Todavía no había cubierto el último nivel de participación política que deja el capitalismo -cuando por su conveniencia se pone la máscara del totalitarismo derechista- para gente como yo: el nivel de la acción clandestina.
En la editorial Bruguera me recibió el redactor en jefe, Rafael González, un hombre rubio, de unos cuarenta años, con ojos aguados que no siempre miraban a los tuyos al hablarte -ojos de hombre tímido a quien le ha costado vencer su timidez- y recortado bigote inglés. Le di el trabajo que llevaba: un adaptación de "El amigo Frirz", de Erckmann-Chatrian, que habías concebido para aparecer en dibujos con un texto debajo. "¡Demasiado texto!" sentenció inmediatamente el Sr. González. "Le aseguro que no se puede quitar una sola palabra", dije yo temerariamente. "¿Qué no?". Sacó una parker y empezó a tachar. Sencillamente eliminaba la "paja". La admiración mató mi indignación. Y creo que a partir de entonces, aquel hombre fue para mí, en muchas cosas, un maestro. Dos semanas antes, aquel hombre -que entre otros muchos personajes y publicaciones había creado literariamente el mítico "Inspector Dan de Scotland Yard"- ya me había rechazado otros dibujos: "No me interesan, Sr. Mora -me dijo- Pero, ¿quien le hace a usted los textos?" Y, seguidamente, después de haberme hecho una serie de preguntas referidas a lo que yo había podido ver aquel día por la ciudad, camino de la Editorial -preguntas que me lo revelaban como un enemigo del régimen franquista- me dijo: "Mora, usted quiere ser dibujante de tebeos, pero si usted escribe estos textos es un escritor. Tendrá que decidir. ¿Le gustaría ser redactor aquí?"
***
(Continuará)

8 comentarios:

Clayton dijo...

Está clara la respuesta a la pregunta que dejas en el aire en tu post, y el resto, no es historia, sino ya leyenda... Me ha encantado la descripción que haces de la triste Barcelona de entonces, imagen básica de la misma por aquel entonces y que en un mero paseo, como el que tú hiciste ese día, viste el sufrimiento de una bella ciudad que hasta veinticinco años más tarde no recobraría su libertad. Me alegro que hayas retornado con este magnífico post a tu blog tras este -para mí- prologando silencio y espero que continuemos leyendo lo que ya, para los muchos que te leemos, conocemos de sobra, pero que nunca nos cansaremos de leer u oír.

Un fuerte abrazo, Víctor.

Manuel Collado.

Jacques Fiston dijo...

Creo conocer la respusta a la pregunta.Aún así esperaré con impaciencia la continuación de la historia.
He leido con gran satisfacción la imagen de Barcelona que describes camino de la editorial. Me ha recordado las descripciones que hace el jovenzuelo Lluís Martí vagando por las calles de la ciudad preocupado por las 40 pesetas. Imágenes y vivencias las de Lluís y las de Víctor que mis abuelos y mis padres han vivido ( o deberia decir sufrido)en propia piel.
Esta vez, sin embargo, no se trata de Lluís Martí quien nos cuenta la história si no del propio protagonista.
Gracias Víctor
Esperaré la continuación como cuando de pequeño esperaba el correspndiente cuadernillo de cualquiera de tus personajes.

Un abrazo

Joan Carles Franquet

Ebravor dijo...

Conocía esta importantísima anécdota en tu vida. Nos la contaste a un grupo de privilegiados amigos en La Massana de Andorra, de viva voz. Ya antes, en el número 19 de la "Historia de los Cómics", de Toutain, me había sorprendido con un Víctor Mora dibujante en "Capitán Kerr".
Es una satisfacción extraordinaria asistir ahora, a través de tu blog, a la narración pormenorizada de aquel suceso, que tendría en años venideros tantísima influencia, no sólo para la Historieta Española; sino también en nuestra educación.
Víctor: aquel día de tu entrevista con el señor González, no sólo significó un cambio radical en tu propia vida, también el motivo de que los niños de la postguerra y de los años cincuenta y sesenta, pudiéramos soñar y viajar hacia la fantasía. Para mí el technicolor no empezó en las pantallas de los cines de barrio. Se inició con la primera portada que vi de tu, de nuestro, Capitán Trueno.

Un abrazo

Elías

Anónimo dijo...

...y así empezó una historia que todavía continúa.
Cuántos buenos ratos para tanta gente se generarían a partir de ahí.
Gracias Víctor.
GL

Anónimo dijo...

Siempre te leemos con gusto, Víctor, y más cuando sacas tu vena de relator de una vida que nos interesa tanto como tu obra. Sean bienvenidas, pues, estas nuevas memorias que se refieren a algo tan prendido a la urdimbre de nuestras vidas.
Un abrazo para ti y otro para Armonía desde esta Córdoba que también hollara El Capitán Trueno.

José Antonio Ortega Anguiano

Anónimo dijo...

Víctor, no conocía esta esta parte de la historia, de tu historia, pero gracias al Sr. González y a tu decisión muchos de nosotros hemos disfrutado de una personaje que marco nuestra infancia y probablemente nuestra vida y forma de hacer.

Siceramente, muchas gracias. Un abrazi.

Pedro Gala

Josep dijo...

Tinc vint-i-quatre anys, no he llegit gaire el Capitán Trueno, per no dir gens. Però fa poc vaig tindre l'oportunitat de llegir la seua novel·la "Els plàtans de Barcelona", que em va encantar, per com fa que els joves puguem fer-nos una idea d'aquella època, pel seu testimoni a peu de carrer, per com de detallista i d'humana és la seua narració, i per moltes coses més. També trobe molt d'aquell Lluís en aquestes anècdotes que ara ens relata.

Moltes gràcies senyor Mora

Anónimo dijo...

¡Fantástica y entrañable anécdota señor Mora!

¡Y cuánto me alegro de haber encontrado este blog!
Soy admirador de su obra en todas sus parcelas, tanto los guiones (ya desde Trueno, pero también trabajos posteriores, en España, en Francia) como las novelas, de las que he leído algunas, empezando por "Los plátanos de Barcelona", sensacional paisaje de una época determinada.
Espero que nos siga deleitando con nuevas entradas en ente blog, al que, desde luego, voy a estar muy atento.

Por cierto, querría comentarle un asunto. ¿Le importaría darme su correo eléctrónico para poder contárselo con detalle?
O si quiere le doy el mío:

je.duce@terra.es

Un cordial saludo